Sergio Martínez deja un legado de coraje y calidez humana dentro y fuera del ring 

Photos: Will Hart y Ed Mulholland

Por Diego Morilla

El 17 de marzo de 2010, Sergio Martínez anotó la mayor victoria de su carrera y uno de los más grandes logros en la historia del boxeo de su país cuando se transformó en campeón mundial indiscutido de peso mediano tras derrotar a Kelly Pavlik en el Boardwalk Hall de Atlantic City, Nueva Jersey.

Pero quien estuviera viviendo en esos días en Argentina, país natal de Martínez, quizás no se hubiese percatado de la noticia hasta leer las páginas finales de algún periódico, porque ése era el nivel de atención que Martínez lograba atraer en aquellos días.

Nos adelantamos cuatro años para llegar a junio del 2014, y ahora su presencia está en todas partes. Nos saluda desde un anuncio de ropa informal desde el costado de un autobús. Sacude sus atributos en la versión local de “Bailando con las Estrellas”. Sus entrevistas en los programas televisivos argentinos, en los que describe su vida plagada de dificultades y su transformación en un peleador victorioso a puro pulmón, capturan la atención de millones de personas y son sujeto de interminables charlas en las pausas laborales y cafés de todo el país al otro día. Los gimnasios de boxeo multiplican el número de miembros de la noche a la mañana, y nuevos gimnasios abren por doquier. Y hasta las planeadoras de bodas reciben llamados angustiados de novias histéricas exigiéndoles que revisen los calendarios de boxeo y eviten a toda costa planear sus fiestas cuando pelea “Maravilla”, por miedo a que sus novios, amigos y hasta los mozos y fotógrafos se escapen a plantarse ante el televisor en pleno festejo.

Muy pocos otros atletas han vivido una transformación semejante entre el anonimato y el súper estrellato en un período tan corto de tiempo. Pero Sergio Martínez recorrió ese improbable sendero como si lo hiciese bajo un mandato de un poder superior, un hombre elegido por el destino para tomar a su propio país por asalto y usar su fama para los propósitos más nobles posibles, y todo mientras se transformaba en uno de los boxeadores más laureados de su generación.

Hoy, Martínez (51-3-2, 28 KO) se embarca en el tramo final de ese viaje hacia esos objetivos y muchos otros nuevos anhelos al anunciar su retiro del boxeo, tal como lo hizo este pasado sábado 13 de junio. El anuncio llega tras un año de inactividad marcado por su lucha contra una lesión recurrente en su rodilla que nunca terminó de sanar adecuadamente y que a la postre le costaría su última derrota, y con ella su título de campeón.

El lugar elegido para dar la noticia fue el Banquete de Campeones durante la semana de presentación de nuevos miembros del Salón Internacional de la Fama en Canastota, Nueva York, un lugar que ya había visitado para empaparse del ambiente sagrado de un lugar que claramente aspira a habitar algún día. Y aunque el boxeo no es precisamente un deporte de estadísticas numéricas vacías, su caso a favor de este anhelo puede ser argumentado exitosamente usando algunos de sus sorprendentes números.

En sus últimos nueve combates, sus ocho oponentes tuvieron un impresionante récord combinado de 272-9-1 (enfrentó dos veces a Paul Williams). Cuatro de esos peleadores estaban invictos al momento de enfrentar a Martínez, y dos más solamente tenían una derrota en sus registros. Cinco de esos oponentes eran o terminarían siendo luego campeones mundiales.

Llevó algo de tiempo para que esos logros reciban el reconocimiento adecuado en su tierra natal. Ningún miembro de la prensa argentina estuvo presente en la noche en que se alzó con la corona de campeón indiscutido linear de peso mediano luego de hacer campaña casi enteramente en pesos muy inferiores. Enfrentando a un peleador considerablemente más grande (Pavlik ya no volvería a competir como peso mediano tras ese combate) en el país del campeón y luego de venir de una derrota inmerecida ante Paul Williams en su compromiso previo fueron razones suficientes para que ninguna cadena televisiva local eligiera transmitir el combate de título mundial en su tierra. Pero el hombre al que llamaban “Maravilla” estaba decidido a iniciar su sendero de campeón indiscutido con todas las luces, con o sin sus compatriotas observándolo.

En aquel día histórico, los ojos de los periodistas especializados del país estaban concentrados en la ciudad de Rosario, observando una tremenda pelea local entre Oscar Pereyra y Patricio Pedrero en las lujosas instalaciones recién estrenadas del casino local. Los usuales refrigerios de cortesía no tardarían en aparecer, y hasta ese palco poblado de delicias se dirigió raudamente la prensa presente. Entre sándwiches y canapés, quien esto escribe decidió poner a prueba la señal de internet local al conectarse a un sitio ilegal de transmisión de eventos deportivos (con las debidas disculpas para HBO, dueña de los derechos de ese pleito) para intentar echarle un vistazo al probablemente inminente fracaso de Martínez.

Mirando primero de reojo, luego con más atención, y rodeando ansiosos la pantalla de mi diminuta computadora hacia el final, observamos con una mezcla de asombro y descreimiento el modo progresivo en que Martínez desmantelaba, doblegaba, cortaba y a todas luces dominaba a Kelly Pavlik para quedarse con el título que perteneciera a Carlos Monzón casi 40 años antes. Y de ese mismo modo, Martínez fue progresivamente colándose en la conciencia del público argentino hasta transformarse en una de las personalidades más reconocibles del país.

Allí fue cuando su historia se dio a conocer ante el gran público: su niñez en la pobreza en Quilmes, una ciudad de clase media baja en las afueras de Buenos Aires, su iniciación como boxeador bajo la mirada guía de su tío, sus primeras peleas en la federación local en las que a menudo se presentaba con el cabello teñido de colores estrafalarios, su derrota ante Antonio Margarito en su primer viaje al exterior en el que recibió una paga equivalente al precio de un asiento de ringside por pelear 10 asaltos ante un retador ya probado, su éxodo a España en medio de la crisis económica del año 2000 que dejó a su país de rodillas, sus tribulaciones en Europa como mozo-bailarín-obrero y mucho más mientras armaba un récord invicto de 27 peleas ante quien quisiera enfrentarlo, y el momento culminante de su racha invicta de nueve años cuando logró su primer título al derrotar a Alex Bunema por la corona interina del CMB en el peso mediano junior.

Luego de revalidar su logro al ser declarado campeón regular debido a la inactividad del monarca Vernon Forrest, Martínez comenzó lentamente a ganarse una reputación como uno de los peleadores a observar de cerca. Y él mismo se ocupaba de hacerle notar a la prensa sus logros de manera peculiar, cuando se colaba en las salas de prensa de las grandes peleas de Las Vegas para sentarse con sus piernas estiradas sobre el pasillo, bloqueando el paso y forzando a los reporteros presentes a tropezarse con él y así finalmente arrebatarles una nota.

Y el truco le funcionó. Poco tiempo después de su dudosa derrota a manos de uno de los peleadores más temidos de ese momento como lo fue Paul Williams, Martínez se transformó en el nuevo niño mimado de la prensa, trepando de manera progresiva en los míticos rankings libra por libra con su estilo de pelea inusual: rostro desafiante y descubierto hacia el frente, hombros caídos, manos por debajo de la cintura, listo para contragolpear y salirse del paso con la velocidad de un peso mosca y luego regresar al ataque con la potencia penetrante de un peso mediano natural.

Lentamente, Maravilla comenzó a personificar algunas de las mejores virtudes de los mejores peleadores que dio su país en un solo paquete. La velocidad de piernas de Pascual Pérez, la elusiva y frustrante defensa de Nicolino Locche, el mortífero uno-dos de Carlos Monzón, la incómoda postura zurda de Juan Coggi, acopladas con un puñado de combinaciones que solamente un boxeador con su apetito por la creatividad y la imaginación podrían dictarle, y completadas con el toque justo de arrogancia y fanfarronería que los habitantes de otros países latinoamericanos le adjudican usualmente a los argentinos.

Su arduo trabajo prontamente rendiría sus frutos, y su carrera tomaría un dramático vuelo a nuevas alturas. Maravilla demolió a Williams en una revancha en la que anotó lo que luego fue caracterizado como el “Nocaut del Año” cuando derribó al peleador más evitado de ese momento con una izquierda apabullante en el mentón. La zambullida al vacío de Williams hacia las lonas pronto se transformaría en la escena central del video de grandes momentos de Martínez, y le valdría su consideración como uno de los mejores peleadores del planeta justo detrás de Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, una idea confirmada luego por tres espectaculares defensas ante tres retadores probados, dos de ellos invictos hasta ese momento.

Su astucia dentro del ring se expandió también afuera del mismo cuando hizo un uso brillante de la vergonzosa decisión política del Consejo Mundial de Boxeo de darle el título mediano a un púgil sin el merecimiento adecuado como Julio Cesar Chávez Jr. Martínez trabajó incansablemente para transformar esa humillación menor en una exageradamente épica lucha por su reivindicación como campeón, con el único propósito de arrinconar a Chávez Jr. en un combate relativamente fácil y altamente lucrativo. Y logró su objetivo, dominando a Chávez durante 11 asaltos y medio antes de ser conectado por un par de golpes que transformaron una paliza unilateral en un combate de final incierto y no apto para cardíacos, y que ayudó a crear suficientes dudas sobre su talento como para mantener su carrera en el centro de la atención.

Luego de la pelea ante Chávez tendría su largamente esperado regreso a casa, una noche en la que tuvo varios problemas para derrotar a un peleador invicto como Martin Murray frente a una multitud de 50.000 personas bajo una persistente llovizna helada. Esa fue su gran noche, el mágico momento en el que se anotició de que su sueño se estaba cumpliendo al subir la escalerilla del ring bajo el rugir de la multitud, con el rostro brillando en una mezcla de orgullo y descreimiento. Pero fue también allí cuando su salud comenzó a fallarle.

Luego de un año de incertidumbres, algunas negociaciones fallidas para hacer peleas más grandes, y una cirugía para reparar el extenso daño en su rodilla derecha, Martínez terminaría sucumbiendo de manera poco gloriosa ante Miguel Cotto en el Madison Square Garden neoyorquino en lo que probaría ser su última aparición en un ring de boxeo. Su historia como peleador llegaba así a un abrupto final luego de una extraordinaria racha como campeón, y su decisión de colgar los guantes ya había sido tomada por su cuerpo a pesar de que su corazón insistiera con emitir un rugiente voto minoritario en desacuerdo. Su cerebro se tomó un año adicional para dar por finalizada la votación y emitir su lapidario veredicto.

Pero hay una historia más trascendente, que precede y supera la carrera de Martínez como peleador. Su determinación de combatir el acoso y la violencia en las escuelas, una tarea que se impuso como propia tan pronto se transformó en una celebridad. Su apoyo hacia las mujeres y niños víctimas de la violencia doméstica. Su nueva carrera como comediante, escritor y actor. Una historia nueva, paralela y atrapante que quizás algún día logre acaparar la atención de sus compatriotas.

Sus años como pugilista, empero, ya tienen una página esperándolo en los libros de historia grande del deporte de los puños.